martes, 21 de junio de 2011

Renacimiento

Los últimos acontecimientos me han llevado a reflexionar sobre un aspecto básico en la consecución de un cambio. La realización del mismo necesita unos símbolos que engloben tanto a la mayoría del pueblo como unas directrices, pautas ideológicas que guíen, a modo de rail de tren, el convoy a buen puerto.

Pues bien, en una cosa hemos fracasado como sociedad. En la creación de estos seres con una inercia natural hacia el liderazgo. De nada sirve un gran ejército sin un gran general. De nada sirve ser un millón de individuos individualizados en vez de unos pocos unidos. De nada sirve luchar diez contra cien cien mil veces.

Lo que más me preocupa de esta reflexión es lo absurda, aparente, inmediata y sencilla que parece a simple vista, y sin embargo, mirad a vuestro alrededor. ¿Cuánto atisbo de concesión ideológica veis en vuestros vecinos, amigos, familia, compañía...? ¿Cuánta gente conocéis capaz de liderar un proyecto, de hacer creer que los esfuerzos que se realizan para la consecución del mismo tienen un significado? ¿Dónde y cómo habéis vivido una situación en la que alguien, llevado por un brillante ideario, os haya conmovido y convencido de que unos valores morales, una idea de progresión, una idea de identificación social, política o incluso histórica con vuestro tiempo, es más importante que vuestra comodidad, dinero o incluso puede superar las angustiosas preguntas que nuestra maldita condición humana nos pone delante de las narices tan habitualmente?

Mis respuestas, querido lector, a esas preguntas, no son muy alentadoras:
Por un lado en nuestra sociedad todo el mundo lo cree saber todo, de manera que su opinión prevalecerá por encima de los demás. Nuestros nuevos medios de comunicación, las redes sociales, permiten que cada uno tenga su grupo de gente, de seguidores, que le rían las brillantes ideas. Con esto nos han contentado y nuestra necesidad de sentirnos realizados individualmente ha llenado nuestros bolsillos.
Por otro lado, nunca he tenido un jefe o un líder que me haya convencido más que yo a mi mismo. Entre el orgullo, el egoísmo y la intransigencia por mi parte, y la falta de capacidad del otro, la relación empática entre esa persona y yo ha sido limitada a un perfil muy bajo.
Finalmente, todo ejemplo de situación como la que he explicado con anterioridad ha sido recluida en páginas de libros anteriores a nuestro siglo, concentrada como un espeso éter en música antigua, o bien dosificada en pequeñas islas que contienen videos, entrevistas, pequeñas canciones... pero que nunca llegan a formar un tejido y relacionarse entre si.

Así que mi pregunta es la siguiente: Entre tantos masters, doctorados, licenciaturas, obreros, ni-nis, desempleados... ¿Dónde se encuentran los hombres del renacimiento? Aquellos que en apariencia eran diletantes, que se podría pensar que picoteaban de aquí y de allí, pero que en realidad lo que les motivaba era la grandeza del conocimiento humano y de la naturaleza. Aquellos que no veían una diferencia clara entre matemática y pintura, entre música y arquitectura, entre Dios y naturaleza o entre dedicación y vocación.

Creo que, por fin, hemos entendido que el cambio es necesario. Creo que una gran mayoría de nosotros piensa que el sistema que ha imperado durante las últimas décadas, no es más que un elefante que se dirige a su cementerio, a remojarse en petróleo antes de perecer irremediablemente. Incluso creo que hay luces que nos agrupan dentro de la oscuridad que han creado los poderosos. Pero también creo que, como ya anunció "Il Gatopardo", estos titiriteros se han dado cuenta, puede que antes que nosotros, de que algo tienen que cambiar para que nada cambie. Y sinceramente, no veo en nosotros una convicción social suficiente como para no dejarnos llevar por el dulce y sutil abrazo de las canciones de sirena que van a sonar en breve desde las altas esferas.

Necesitamos a Leonardo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario